El mensaje de WhatsApp de mi amigo Javi llegó acompañado de un icono de una cara derritiéndose. «Cuarenta grados a la sombra en Sevilla. Necesito huir al norte. ¿Cómo organizo lo de la Isla de Ons?». Sonreí desde mi escritorio en Vigo. Como alguien que invierte buena parte de su tiempo maquetando y estructurando contenidos sobre rutas de senderismo, horarios de barcos y turismo en las Rías Baixas, Javi no podía haber acudido a una fuente más directa. Planificar una escapada al Parque Nacional de las Islas Atlánticas desde la otra punta de la península puede parecer un laberinto de webs para el que viene de fuera, pero en realidad, solo requiere conocer un par de pasos clave.
Lo primero que le dejé claro es que la improvisación aquí no funciona, y menos en pleno mes de julio. «Olvídate de plantarte en el puerto a ver si hay sitio», le escribí. El paso número uno, imprescindible y que muchos turistas desconocen, es solicitar la autorización de la Xunta de Galicia. Le envié el enlace al portal oficial. Le expliqué que el cupo diario de visitantes está estrictamente protegido para preservar el entorno, así que debía seleccionar la fecha exacta, introducir sus datos y conseguir ese ansiado código QR antes de sacar la tarjeta de crédito para cualquier otra cosa.
Una vez asegurado el permiso, tocaba la logística del transporte. Su plan era volar desde San Pablo hasta Peinador. Le desgrané las opciones marítimas con la precisión de quien se sabe los enlaces de memoria. Aunque desde Vigo hay rutas directas, le recomendé desplazarse hasta Bueu o Portonovo para coger el barco, ya que la travesía es más corta y los horarios suelen ser más flexibles. Le envié las webs de las navieras principales con una advertencia en mayúsculas: «Compra el billete online justo después de tener la autorización de la Xunta. En verano, las plazas vuelan».
Pero la información turística Ons de valor no solo se basa en burocracia y billetes; es la promesa de la experiencia. Para terminar de ponerle los dientes largos, pasé a la parte gastronómica y exploratoria. Le pasé el contacto para reservar mesa con antelación en uno de los restaurantes de la isla —porque el pulpo y la caldeirada de pescado allí son religión y las mesas al mediodía escasean— y le tracé un plan de acción para recorrer el terreno. Le recomendé encarecidamente que no se quedara solo en la playa y que hiciera la Ruta del Faro. Le recordé que metiera buen calzado en la maleta y no sólo chanclas, para poder caminar seguro por los acantilados salvajes de la cara oeste, allí donde el Atlántico ruge de verdad y no hay rastro de asfalto.
En apenas veinte minutos y unos cuantos enlaces compartidos, Javi tenía su viaje estructurado desde su salón en Triana. Cerré la ventana del chat satisfecho, sabiendo que, en unas semanas, cambiaría el calor asfixiante del valle del Guadalquivir por la arena blanca, el agua helada y la brisa inconfundible de nuestra ría.